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La escalera de caracol y otros poemas
William Butler Yeats
Traducción e introducción de Antonio Linares Familiar
Linteo. Orense, 2010
206 pág. 15€
A diferencia de otros poetas cuya obra casi no experimenta cambios, la de Yeats describe una inesperada, sucesiva y continua evolución, que se hace más patente aún en su final que en su principio, porque, al no estar limitada a un único modelo de escritura, nunca queda sujeta a un solo proceso creador. La suya siempre es una obra en marcha, encaminada a la búsqueda de algo que ilumine la vida y que se constituya en centro y objeto de visión. De hecho, ésta es una de sus palabras clave, como lo es también su idea del alma universal del mundo o su concepto formal de perfección.
Eco mágico. El vacío existencial generado por el positivismo lo llenó Yeats de mística panteísta, mitología céltica y cosmología teosófica, de las que extrajo una serie de imágenes y símbolos sobre los que articuló todo su dinámico sistema de dicción. Como Lorca, supo sacar partido de la eficiencia comunicativa del folclore y de los arquetipos, que utilizó tanto en su teatro como en su formalización de la canción, en la que el estribillo funciona como si fuera un eco mágico de algo más profundo y en la que aplica su absoluto dominio de la estructura rítmica, la estrofa rimada y el sentido anular de la composición. Para Yeats, «la conciencia es conflicto» y, por eso, su poesía tiene un alto grado de teatralidad, aunque nunca en la misma forma.
Una mujer joven y anciana (1929) es una mezcla de diversos géneros y estilos articulados en una mínima estructura dramática, en la que, mirándose en distintos espejos, la hablante intenta hallar el rostro que tuvo «antes de que el mundo fuera creado». Lo que se desarrolla en un monólogo dramático, hecho de diversos parlamentos numerados, en los que se analiza el amor «como improvisación ocasional», «juego establecido» y elección. Y una de sus partes ?la VII? retoma la tradición medieval de la albada, mientras las dos últimas remiten a la tragedia griega. Yeats diluye en un sistema referencial, hecho de muy distintas mitologías, el tema del amor desde su percepción física primera a la final, fruto del amplio y complejo desarrollo que en el texto alcanza.
Tal vez palabras para música ?de 1932? consta de veinticinco poemas que ejemplifican su idea de la canción y de su naturaleza fácil y mecánica. Dos versos del sexto ?«pero el amor ha emplazado su mansión en el lugar del excremento»? fueron fuente de Juan Ramón y de Gimferrer, como otro del mismo poema pudo serlo de Antonio Colinas. El VIII es un prodigio métrico-sinfónico por su lograda e intensa concisión.
Pero la columna vertebral del último Yeats es La escalera de caracol..., en el que hay desde acotaciones teatrales convertidas en poema hasta un implacable análisis de las «confusas imágenes de la memoria» y un rechazo del fluir del tiempo y de su negativa sensación. En «Muerte» llega a la perfección más absoluta, descarnada, dura y transparente.
En otros somete a tratamiento dialógico cuestiones ya tratadas, a las que añade ahora una más lírica y desesperanzada visión: «El hombre está enfermo, sordo, mudo y ciego». Lo que enlaza con su creación de lo que llama «un poderoso símbolo» y con su «parodia de un tiempo medio muerto en su cima», dominado por «un odio abstracto» y en el que «todo lo que no es Dios es consumido por un fuego intelectual».
Tumbas de oro. Para Yeats, «la sabiduría es propiedad de la muerte» y, por ello, «incompatible con la vida». Este Yeats casi apocalíptico ?que habla de «tumbas de oro y lapislázuli» y de la «simbólica gloria de la tierra y el aire»; que cree que «debemos reflexionar y diluirnos»; que clama contra el liberalismo y que quiere encontrar «en el aire del sueño la certeza»? es capaz de pasar de la elegía al haiku, y de éste al monólogo dramático y al epigrama, sin circunscribirse a una sola forma de expresión porque está experimentando de continuo con las posibilidades que, por separado o juntas, todas ellas le brindan a la vez. Llega así a sus grandes poemas, de los que aquí hay varios ?«En Algeciras. Una meditación sobre la muerte», «La elección» o «Bizancio»?, y a esas imágenes que, en su incesante renacer, engendran otras nuevas y que tanto interesaron a Cernuda, que las asimiló. Yeats es un ejemplo de gran poeta, ahora que casi no los hay.
Por Jaime Siles

