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Gasolina
Gregory Corso
Poeta entre rejas, poeta en las trenas del Estado de Nueva York, carne trémula en las penitenciarías y en los reformatorios, tal día como un 26 de marzo de 1930, Gregory Corso, el más grande poeta de América para Allen Ginsberg, un Whitman pasado por las alcantarillas y los vertederos del sueño americano, habría cumplido 80 años, aunque se fue de este valle de lágrimas hace ahora nueve, el 17 de enero de 2001.
Ginsberg vio a los mejores cerebros de su generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos, arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un colérico picotazo. Pero Corso no los vio, sencillamente era uno de ellos. Le gustaban las hierbas (sobre todo las malas), se metió entre pecho y espalda unas cuantas visiones, recorrió todos los caminos del Dharma, litros de mescal corrían por sus venas, y miligramos y miligramos de peyote galopaban por sus entrañas.
De bruces contra la vidaSe dio de bruces varias veces con Dios en sus miles de formas y creó libros y poemas que le pusieron la carne de gallina a las estrellas. No fue su vida fácil, abandonado por su madre, criado en casas de acogida, señalado por el dedo acusador de los estrechos de mente y de alma. Pero en San Francisco le crecieron flores en el pelo y en City Lights, la librería de Lawrence Ferlinghetti, parió “El feliz cumpleaños de la muerte” y le cantó, a pleno pulmón, a la bomba atómica: “La catapulta Da Vinci / el tomahawk de Cochise / Ah la triste y desesperada pistola de Verlaine / Pushkin Dillinger Bogart / ¿Y acaso no tenía San Miguel una ardiente espada / San Jorge una lanza / David una honda / Bomba eres tan cruel como el hombre te hace / y no más cruel que el cáncer/ Todos los hombres te odian / Preferirían morir en un accidente de coche un rayo asfixia….”.
Supo qué era el sexo de los ángeles e hizo maravillas con él,las trompetas del Juicio Final sopladas por Miles Davis sonaban en su cerebro
Supo qué era el sexo de los ángeles e hizo maravillas con él, las trompetas del Juicio Final sopladas por Miles Davis sonaban en su cerebro y prendió con “Gasolina”, un libro desgarrador y desgarrado, los silos de lo políticamente correcto. Oh, Corso, ya te cantó Jack Keroauc: “Gregory es un chico duro del Lower East Side de Nueva York, que se irguió como un ángel sobre los tejados para cantar canciones italianas tan dulces como las de Caruso o Frank Sinatra, pero con palabras…”. Y él, Gregory, el niño que creció a solas con su propia sombra abrió los brazos, se desabotonó la camisa de leñador y le ofreció el corazón, en carne viva a la poesía: “Ella llega, os digo, inmensa, en sus harapos empapados de gasolina, tachonada de pedazos de alambre y viejos clavos torcidos, arribista oscura, desde un oscuro río interior”.
HUACANAMO, 2010
120 páginas. 10 €

